Juan-Luis
Pintos
Identidades colectivas y procesos de diferenciación
Santiago de
Compostela,
1995

Publicado en M. Ledo Andión (Ed.), Comunicación na Periferia Atlántica, Santiago, Universidad de Santiago de Compostela, 1996

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La policontexturalidad [1] de los sistemas sociales propios de las sociedades de consumo controlado de masas plantea graves problemas a los sistemas comunicadores (o más exactamente, a las selecciones comunicativas propias de los sistemas complejos). Y esto se acentúa cuando tratamos de ir más allá de las diferencias idiomáticas, hoy técnicamente superables. La falta de entendimiento entre los sujetos situados en distintos niveles de ubicación e institucionalización sociales no es una cuestión de traducción de lenguas sino de construcción diferenciada de lenguajes. Las diferentes texturas con las que se tejen los discursos de los distintos sociolectos [2] se articulan en contexturas específicamente diferenciadas por las asunciones culturales históricamente construidas que son el horizonte último de referencia de las empresas e industrias de la comunicación “sin fronteras” tal como hoy la planteamos, lo que nos enfrenta precisamente al problema de la policontexturalidad.

Para abordar, siquiera esquemáticamente, esta cuestión vamos a proponer un principio de respuesta articulado en tres argumentos escalonados en un orden creciente de complejidad. Los diferentes tipos de identidades nos ocuparán un primer momento (I), al que seguirán las descripciones de dos procesos de identificación con los que frecuentemente se tratan de construir las identidades en el campo de la comunicación y que criticaremos como disfuncionales en el orden comunicativo (II), para concluir proponiendo un tipo de proceso de identificación adaptado a las formas policontexturales de comunicación y que denominaremos de diferenciación funcional (III).

I
Los procesos en curso de globalización y de localización en sus dinámicas frecuentemente contradictorias han generado nuevos problemas en varios campos de la reflexión sociológica y en particular en las definiciones de las identidades individuales y colectivas. No voy a entrar aquí en el marco más general de la cuestión, ya suficientemente tratada en los últimos años [3], sino en las dificultades de tipificación de las identidades susceptibles de ser asumidas desde los actuales procesos de socialización.

A contracorriente del tópico “modernizador” que implica una idea de cambio social como “progreso en la racionalidad” de los sistemas sociales, nos advierte Wallerstein:

Intento decir que estamos pasando no de una Gemeinschaft a una Gesellschaft  sino de una Gesellschaft a una Gemeinschaft. Más bien sucede que nuestra única Gesellschaft, la economía-mundo capitalista ha sido creada por nuestras múltiples y plenas de sentido Gemeinschaften. Lejos de estar moribundas, nuestras Gemeinschaften nunca han sido más fuertes, más complejas, mas coincidentes y competitivas, más determinantes de nuestras vidas. Y también nunca han estado tan poco legitimadas. Ni tampoco han sido nunca más irracionales, substantivamente irracionales, y ello precisamente porque han emergido de un proceso gesellschaftliche. Nuestras Gemeinschaften son, por así decirlo, nuestros amores que no se atreven a decir su nombre [4]

Plantea así Wallerstein dos dificultades derivadas de los procesos de globalización y de localización. La primera consiste en la multiplicidad de retos cercanos que vuelven opacas las identidades establecidas tradicionalmente: nación, familia, clase, oficio, ideología, etc. La segunda, los problemas de la ausencia de legitimación de las nuevas posibilidades de identificación: grupos emergentes [5], grupos en proceso de extinción, nuevas organizaciones “multinacionales”, nuevas formas de organizarse los movimientos sociales, nuevas y viejas fronteras que definen colectivos no voluntarios y otros muchos fenómenos que estamos percibiendo como distorsionadores de los imaginarios que hasta ahora organizaban nuestra percepción del “Mundo”.

Quizás la metáfora más significativa de esta percepción caótica del sistema mundial sea la red informática Internet. Comienza como sistema de transmisión de información militar, se abre al tráfico informático generalizado, se trata de explotar comercialmente y de controlar moral y/o políticamente, sirve de instrumento “subversivo”, integra al mercado de producción de información, y así unas cuantas cosas más que producen ese imaginario de “caos informático” atrayente o repulsivo según la perspectiva en que se sitúe el observador del fenómeno.

¿Tipificar aún las identidades en oferta en el mercado sociológico? Al menos tendremos que proponer una diferenciación de niveles que nos proporcione una primera orientación. En una primera aproximación podríamos agrupar las identidades en tres tipos generales: a) los roles de los individuos orientativos de la actividad individual y de la interacción en la vida cotidiana; b) las identidades grupales o colectivas que circundan a los individuos, que les permiten desarrollar proyectos vitales en común con sus semejantes (!), y que los ubican espacial, temporal y socialmente; c) las identidades emergentes más allá de los niveles estatales o nacionales y que nos orientan en los sistemas de relaciones mundiales. Unas palabras sobre cada uno de estos tipos.

Es asunto sabido las dificultades presentes de la clásica teoría de roles. El problema central reside en la confianza [6] que permita mantener unas expectativas de conducta ante diferentes desempeños de rol y, sobre todo, ante las distintas asunciones de conjuntos complejos de roles. Desde una perspectiva sociológica, las fuertes distorsiones a que se ven sometidos los procesos socializadores de los individuos generan una gran opacidad en la adquisición de las identidades de los sujetos individuales. Estas cuestiones no se resuelven desde una teoría de la acción ni desde una teoría sistémica clásica, sino que habrá que llegar a plantearlas desde la sociocibernética en su momento oportuno [7].

Los problemas del segundo grupo de nuestra tipologización vienen generados por la fragmentación de los universos simbólicos en los que hemos estado cómodamente situados en décadas anteriores. El espacio estaba nítidamente definido por clasificaciones geográficas y políticas; el tiempo parecía transcurrir en una indiscutida sincronía mundial, las sociedades estaban mejor o peor etiquetadas siguiendo pautas de sistema económico. Las representaciones colectivas estaban legitimadas desde potentes discursos ideológicos. Todo ello ha desaparecido. La fragmentación de las estructuras sociales dificulta los procedimientos comparativos entre situaciones de distintas sociedades por la imposibilidad de definir los grupos que las constituyen tal como esos grupos se autodefinen o por la distancia de los criterios de definición. Difícilmente podremos unificar un criterio que combine la fragmentariedad de estratificaciones y adscripciones, aunque se siguen proponiendo soluciones a este problema [8]. En principio, parece que adquieren relevancia las identidades vinculadas a la edad, a los grupos de tipo local y a los que se definen por algún tipo de afición o actividad no vinculada al ámbito laboral sino al festivo, deportivo, cultural, etc. Por el contrario, están perdiendo importancia las identificaciones que tienen que ver con los Estados nacionales y los grupos ideológico-políticos tradicionales (partidos, etc.). Parece que se dan fenómenos de resurgimiento de algunos grupos ideológicos (“nacionalismos”, “fanatismos religiosos”, etc.), pero quizás sean efectos de superficie del discurso mediático que convendría someter a cuidadosa crítica.

Señalábamos un tercer tipo de identidades emergentes vinculadas a fenómenos de globalización y mundialización. Las nuevas metáforas geográficas de posicionamientos planetarios (sustitución del “Este/Oeste” por el “Norte/Sur”) parecen impulsar en surgimiento de identidades, en principio poco institucionalizadas pero, quizás por ello, más atractivas vinculadas a exigencias de mayor justicia en el reparto de los bienes materiales. Es el campo prolífico de las denominadas “Organizaciones No Gubernamentales” cuyas funciones y prácticas habría que analizar muy cuidadosamente. Pero no son estos los únicos ejemplos, sino también habría que referirse a movimientos de finalidades ecologistas, antimilitaristas, pacifistas, feministas, etc. que se multiplican en la última década.

II
Una vez establecidos los problemas vinculados a una tipificación compleja de las construcciones de identidades en nuestras sociedades, vamos a intentar desentrañar algo más esos problemas estudiando no tanto el resultado sino los procesos por los que se llega a esos resultados. Para ello, presentaremos primero de modo crítico los dos principales procesos de construcción tradicional de la identidad y concluiremos estas páginas con una propuesta funcional de replanteamiento del problema.

El modelo clásico de construcción de los nacionalismos nos ofrece un claro ejemplo del modo ontológico de construcción de la identidad colectiva que denominaremos el modelo del “ser o no ser”.

Los supuestos latentes en este tipo de proceso de identificación se concentran en una concepción de la realidad como algo único, esencial y formalmente (“sólo hay una forma de ser...(pongamos) cristiano, gallego, comunista, etc.”). Esa realidad única se define con validez universal y permanente a través de unas notas características específicas que constituyen una doctrina dogmática cuya esencia ahistórica se mantiene en su pureza gracias a sucesivas interpretaciones autorizadas por una instancia central definidora de la verdad del constructo. El supuesto metodológico básico es que la identidad se define por la respuesta a la cuestión “¿Qué es ser “cristiano”, “gallego”, “comunista”, etc.?” La identidad es algo con lo que se nace, “algo que se es” y no algo que se tiene. Los que pretenden adquirir una identidad construida de tal guisa han de cambiar radicalmente su ser y para ello pasar por un largo o intenso proceso iniciático de tal manera que tienen que demostrar un mayor fervor en la defensa de la doctrina del que ya lo es “naturalmente” (bien por nacimiento o familia, procesos de socialización primaria, etc.), y argumentar en la práctica su incorporación al grupo de los elegidos. Finalmente, se puede detectar un supuesto de organización monocontextural del mundo. Sólo las identidades organizadas jerárquica y doctrinariamente sobreviven. Aquí estarían minusvaloraciones de otras identidades  realizadas a través de adjetivaciones del tipo de “seriedad”, “importancia”, etc. [9]

Este modelo de construcción de la identidad se completa con dos procedimientos paralelos: a) la conversión de lo semejante en idéntico, y b) la exclusión de lo diferente mediante la terapia o la aniquilación [10]. Estos dos procedimientos requerirían una cuidadosa investigación especialmente orientada hacia las formas actuales (“posmodernas” o no) en las que se ponen en práctica, pero la brevedad de este escrito me impide hacerlo en este momento.

El segundo modelo de construcción de la identidad se podría expresar plásticamente con la fórmula muy empleada en Galicia de inquirir: “Tú. ¿de quién vienes siendo?”. Es una identidad de pertenencia/adhesión, que vendría a ser una variante psicologizada del modelo anterior.

Comparte con ese modelo la definición de la identidad como respuesta a la pregunta por la esencia: ¿qué es ser...?, pero se diferencia en que la realidad ya no es unitaria sino plural. Hay diferentes formas de “ser”, pero existe una sutil jerarquía que diferencia entre formas “mejores” y “peores”, “dignas” y “burdas”, “cultas” e “incultas” de ser algo, de tener una identidad. El proceso identificador no es monológico, sino que se establece a través del cambiante juego de las circunstancias y requiere especiales habilidades para cambiar de identidad a tiempo. La pregunta inicial por la identidad de origen, se transforma en las formas más “posmodernas” de relaciones sociales en una pregunta por la trayectoria de las pertenencias o adhesiones. Las identidades vienen definidas por las ofertas actuales consideradas prestigiosas por las instancias dominantes en una sociedad; de ahí la manía de muchos políticos de identificarse como “progresistas”, o el horror de otros a definirse como “conservadores” en determinadas etapas de la vida política de un país.

Los procedimientos para el mantenimiento (o cambio) de la identidad son los propios de una larga tradición mantenida a lo largo de los siglos por las religiones de salvación. Hay unos procesos vinculados a una retórica parenética o de persuasión que se despliega en diferentes estrategias: una estrategia de la confesión (en el sentido de declararse “perteneciente” a un determinado grupo), de la “anagnórisis” (o de reconocimiento de los méritos por los que el neófito es aceptado en la nueva identidad, que se combina con el olvido de los pasados errores, cuando pertenecía a otro grupo, era “pagano”, etc.), y una estrategia de la “militancia” (por la que la entrega o dedicación al grupo es el argumento básico para la obtención de poder o reconocimiento del valor de los individuos). Pero también se practican otros procedimientos más vinculadas a la retórica de la conversión a través de la cual se acrecienta la firmeza y el compromiso con una identidad. Algunas de estas estrategias serían las siguientes: la práctica de la “lucha ideológica” (no sólo hay que adherirse, sino defender la pertenencia al grupo a través de una lógica argumentativa racional [11]), la estrategia de la dialéctica de “amigo/enemigo” [12], o la más englobante de “salvación/condenación”.

Pero no son éstos los únicos modelos que se nos ofrecen para la construcción de identidades colectivas en la situación presente [13]. Ciertamente son los mayoritarios, los que suele utilizar y promover el discurso mediático, los que son favorecidos desde las posiciones dominantes, los que arrojan a multitud de personas hacia el desarraigo, la confusión y los márgenes del sistema porque no quieren asumir ninguna de estas estrategias. Pero no son los únicos procesos de adquisición de una identidad.

III
Para concluir estas páginas nos vamos a situar en una perspectiva alternativa. Seguimos manteniendo que la identidad no es un hecho bruto, natural, necesario, sino que es algo construido desde las posibilidades del sistema. Es cierto que no hay identidad fuera del sistema. No nos podemos inventar nuestra identidad desde el sujeto, salvo en el amplio campo de la ficción [14], pues la identidad no responde a la pregunta de “¿quién soy yo?”, sino a la de “¿quién dicen los otros que soy yo?” [15].

Tendremos, entonces, que situarnos en una perspectiva de segundo orden, es decir, observando las distinciones que realizan los observadores de primer orden. Esta perspectiva, que hemos denominado sociocibernética, y que hemos expuesto en otros escritos [16], parte de dos supuestos principales que enunciaré muy brevemente. El primero es una desontologización de la cuestión de la identidad: no se trata de definir lo que sea una determinada identidad a través de unas características para llegar a una esencia, sino de establecer los procesos por los que se produce diferenciándose de otras. Responde así no a la pregunta “¿qué es?”, sino a la pregunta “¿Cómo se produce?”. Un segundo supuesto consiste en una concepción múltiple de la realidad, dado su carácter de ser construida desde diferentes perspectivas y empleando diversas distinciones. La identidad se establece a través de la distinción y de la indicación por dos operaciones de condensación y de confirmación [17], lo que da como resultado una construcción policontextural de la realidad.

Estos supuestos tienen como resultado el que se sustituya en los fenómenos comunicativos la homogeneización necesaria por la selección de posibilidades. En las teorías clásicas de la comunicación  -y en el discurso mediático que las vulgariza y distorsiona-,  es necesario suponer un mundo común homogéneo para que el receptor pueda descodificar los mensajes codificados de los emisores; entre ambos códigos no pueden existir diferencias sino sólo interferencias (ruidos). La comunicación sólo tiene éxito mediante un proceso de identificación de códigos.

Desde la perspectiva constructivista, la sociedad se entiende como un sistema de comunicación autónomo operativamente cerrado que observa y describe autorreferencialmente [18]. La comunicación no consiste simplemente en procesos de codificación y descodificación, sino que significa la puesta en marcha de un triple procedimiento selectivo cuya función consiste en la realización actual de diversas posibilidades. La primera selección consiste en establecer lo que sea información diferenciándolo de la redundancia o repetición de lo ya sabido (muchas de las cosas que tomamos como información ya no lo son, pues hemos tenido previamente noticia de ellas y sólo la forma puede ser diferente tratando de ocultar o resaltar un suceso redundante. El segundo proceso selectivo consiste en la notificación (o participación) que es una conducta selectiva por la cual un ego selecciona un alter y que se vincula con el tercer proceso selectivo por el cual el alter selecciona las notificaciones del ego y llega a tener comprensión de ellas distinguiendo entre información y notificación. Este triple proceso selectivo desemboca en una alternativa compleja al entendimiento de la identidad como semejanza sustituyendo a ésta por la diferencia [19].

La conclusión que se desprende de esta planteamiento, más allá de la necesidad de clarificar las líneas maestras del mismo, tiene un alto valor operativo para los sistemas implicados en este ámbito de la realidad social. Los medios no tienen que construir sus discursos promoviendo mecanismos de homogeneización de los públicos tratando de construir una cultura de identidad mediática indiferenciada, sino que tienen que constituirse en sistemas observadores de los sistemas de primer orden, que constituyen la identidad diferenciando, y a partir de esa diferencia buscar la identificación de los diferentes públicos. Públicos que serán tanto más identificables cuanto más puedan participar en el establecimiento de las diferencias [20].

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[1] Asumo este neologismo tomado de los escritos recientes de Niklas Luhmann en el sentido, referido inicialmente a una disposición del arte de tejer (la trama o entramado), del significado que recoge el Diccionario de “Compaginación, disposición y unión respectiva de las partes que juntas componen un todo” (DRAE, 1984). A diferencia del “Contexto” (y el admitido adjetivo “contextual”) que tiene como referencia primaria un entorno, la contextura se refiere a la complejidad del sistema.

[2] Entiendo por “Sociolectos”, .los definidos por Peter V. Zima como “conjunto de discursos posibles o reales que se generan desde un repertorio léxico común o desde una base semántica común” (Ideologie und Theorie. Eine Diskurskritik, Tübingen, Francke, 1989, p. 250)

[3] Citemos la obra de Anthony Giddens, The Consequences of Modernity (London, Verso, 1990) ya traducida al castellano, y la muy sintética y sugerente de José Mª Tortosa. Sociología del sistema mundial (Madrid, Tecnos, 1992) que asume críticamente los planteamientos que de la cuestión hace Inmanuel Wallerstein y su escuela del “Wordl-System”. Por cierto, pensamos que una reciente contribución de este autor (actualmente presidente de Asociación Internacional de Sociología), “Societal Development, or Development of the Wordl-System?” (en M.ALBROW & E.KING (Eds.) Globalization, Knowledge and Society, London, Sage, 1990, pp. 157-171), representa una respuesta ajustada y precisa a muchas de las banalidades disfrazadas de “teorías de la modernización”.

[4] I.Wallerstein, o.c., p. 166

[5] Pensemos en la rápida obsolescencia de los intentos de identificación por los discursos mediáticos de grupos tales como “Yupis”, jóvenes “Jasp”, “X”, “Skins”, etc., “fundamentalistas”, y todas las matizaciones semánticas más o menos simplificadoras para realidades sociales en rápidos procesos de transformación (como parece ser el caso de la Ex-URSS, la Ex-Yugoslavia, etc.).

[6] Además de la obra de Giddens citada en la nota 3 (a lo largo de toda la obra es un tema constante), pueden verse dos aportaciones muy distintas sobre el tema en James S. Coleman, Foundations of Social Theory, (Cambridge (Mass.), Belknap, 1990, pp. 91-116, 175-196 y 747-768) desde la perspectiva de la “Elección racional”, y en Niklas Luhmann, Vertrauen. Ein Mechanismus der Reduktion sozialer Komplexität (Stuttgart, Enke, 3ª ed. revisada, la primera es de 1968, 119 p.) desde la perspectiva de la “Teoría de Sistemas autorreferentes y autopoyéticos”.

[7] Para un avance metodológico puede consultarse Juan-Luis Pintos, “Sociocibernética: marco sistémico y esquema conceptual”, en J.M.Delgado & J.Gutierrez (Eds.), Métodos y técnicas cualitativas de investigación en ciencias sociales, Madrid, Síntesis, 1994, pp. 563-580

[8] Cfr. Erik O.Wright, Classes, London, Verso, 1985 (hay trad.cast.: Madrid, Siglo XXI). Entre nosotros pueden consultarse varios artículos de Miguel Caínzos en Zona abierta (1989), Política y Sociedad (1990) y especialmente la ponencia presentada en el Vº Congreso de Español de Sociología (Granada, set. 1995) titulada “Un esquema sintético para el análisis de la estructura de clases, precedido por algunas reflexiones sobre la construcción de esquemas de clases”(Borrador provisional, 1995).

[9] Recordemos la frase del fundador de la Falange Española, José Antonio Primo de Rivera: “Español es una de las pocas cosas serias que se puede ser en el mundo”

[10] Para un riguroso, e irónico, análisis de estos fenómenos pueden verse las páginas que dedican a los “Mecanismos conceptuales para el mantenimiento de los universos simbólicos P.Berger & T.Luckmann en La construcción social de la realidad (1966) (B.Aires, Amorrortu, 1976, pp.135-148). Sobre la terapia y la aniquilación específicamente pp. 145-148

[11] Un caso paradigmático de esta estrategia lo constituye el planteamiento que hace Ignacio de Loyola de la “obediencia de entendimiento” (Obras Completas, Madrid, B.A.C., 1963, p. 811)

[12] Formulada en los años veinte por Carl Schmitt, ampliamente utilizada por el maoísmo (recuérdense las páginas del Libro rojo de Mao Tse Tung  -con la grafía de la edición que poseo fechada en 1968- acerca de “¿Quiénes son los amigos del Pueblo?”), y actualizada en la última década con solución voluntarista a la falta de legitimación racional de muchas instituciones.

[13] Puede verse un estudio riguroso de la estructura del sistema ideológico como proceso de identificación nacionalista en el caso gallego realizado por Julio Cabrera Varela, La nación como discurso, Madrid, CIS/Siglo XXI, 332 p.

[14] Recordemos el muy relevante caso de Fernando Pessoa y la construcción de sus “Heterónimos”. Bernardo Soares, Alvaro Campos o Ricardo Reis, que inicialmente se diferenciaban por su estilo, llegaron a tener una “biografía” diferenciada, a adquirir una “identidad” como escritores. Ver, F. Pessoa, Poesias de Álvaro Campos, Europa-América, s.d., pp.259-293: “Sobre a criãçao dos heterónimos em geral”

[15] Este principio de identificación ya se utiliza en el Evangelio de Mateo (y en sus paralelos) a propósito del reconocimiento de Jesús de Nazaret en su identidad del Cristo. “¿Quién dice la gente que soy yo?...Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?” (Ver Lucas 9, 18-20, Marcos 8, 27-29 y Mateo 16, 13-15). La identidad no es lo que creemos ser sino lo que los otros creen reconocer en nosotros dentro de su acerbo de conocimientos (Schütz)

[16] Ver el citado en la nota 7, y también Juan-Luis Pintos, Los imaginarios sociales. La nueva construcción de la realidad social, Santander, Sal Terrae, 1995. Juan-Luis Pintos, "Orden social e imaginarios sociales (Una propuesta de investigación)”, en PAPERS, nº 45 (1995) 101-127

[17] Cfr. George Spencer Brown, The Laws of Form, New York, Dutton, 1979, p. 10. Sobre esta cuestión puede verse un reciente artículo de Niklas Luhmann: “Indentität - was oder wie?”, en Soziologische Aufklärung 5. Konstruktivistische Perspektiven, Opladen, Westdeutscher, 1990, pp. 14-30

[18] Cfr. N.Luhmann, o.c., p.27

[19] Para un ampliación y mejor comprensión de lo aquí indicado muy sintéticamente puede verse Niklas Luhmann, Soziale Systeme. Grundrisse einer allgemeinen Theorie, Frankfurt, Suhrkamp, 1984, pp. 191-241 (hay trad.cast.: Sistemas sociales. Lineamientos para una Teoría General, México, Univ.Iberoamerican/Alianza, 1991, pp. 151-186)

[20] Para un ampliación de este tema puede consultarse Juan-Luis Pintos, “Estudio cualitativo de la diferencia”, Ponencia presentada en el Vº Congreso Español de Sociología, (Granada, setiembre 1995)