Juan-Luis
Pintos

La moral como recurso político

Braga /
Santiago de
Compostela,
1988 / 1989

Inédito

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Una de las características que mejor definen el comienzo de "salida de la crisis" que estamos viviendo en los últimos años, es precisamente el giro radical que se empieza a imprimir al tratamiento de las cuestiones morales. Presa predilecta del todavía no muy estudiado "linguistic turn", con su curiosa pretensión despolitizadora y de situarla más allá de cualquier delimitación ideológica, ha venida a ser puesta en evidencia, precisamente por aquellas tendencias y sujetos que trataron de hacerla desaparecer de la arena política. Los dos acontecimientos "mayores" del comienzo de esta última década del siglo -la caída de los regímenes dictatoriales en los denominados "países del este", y el resurgimiento del belicismo, el racismo, la oposición norte/sur-, han vuelto a poner sobre la mesa de trabajo de los intelectuales la cuestión, la vieja cuestión, de la relación de la moral con la política.

Será necesario, pues, intentar abordar esta relación desde el contexto -no exclusivamente occidental-, en el que parece que entramos de modo irreversible. No nos detendremos en descripciones más amplias de este contexto, sino que pasaremos a exponer, en una forma quizás un tanto anticuada pero clarificadora, las TESIS en las que se expresa nuestra actual posición sobre el problema.

Tesis 1
La falta de una fundamentación absoluta de las normas morales, establece una base pluralista de la regulación de las conductas.

No podemos a estas alturas pretender ignorar las consecuencias de las diferentes críticas del conocimiento acontecidas a lo largo de los dos últimos siglos. Los autoengaños con respecto a las posibilidades del saber y la razón humanas desembocan casi siempre en sucesos inhumanos (1). Ya no somos los ingenuos ilustrados que podían creer en el benéfico poder de la razón; hoy hemos podido comprobar cómo los avances de la ciencia y la técnica no nos inmunizan contra evidentes irracionalidades como la guerra, la distribución desigual de la riqueza, o los continuos ataques a la biosfera. Los ilustrados pretendían luchar contra el oscurantismo de los dogmas, las supersticiones y los mitos; pero en esta lucha, que se mantuvo desde los principios de la tolerancia y la libertad, no se clarificaron suficientemente algunas cosas, como quiénes eran esos hombres (y ciudadanos) que venían a resultar los "sujetos" de los derechos, o cómo tratar (¿tolerantemente?) a "los otros", aquellos que no podían hacer un uso autónomo de su razón, las mujeres, los niños, los esclavos, los negros, etc.

Por ello, no se dieron cuenta de que en vez de criticar radicalmente el dogmatismo religioso lo estaban sustituyendo por sucedáneos más o menos absolutizados. En el caso de la moral, que es el que nos ocupa aquí, la tradicional fundamentación teológica -que la mayoría de las sociedades tenían asumida sociológicamente-, venía a decir que es un ser trascendente -Dios- el que decide lo que es bueno y lo que es malo, y los premios y castigos que corresponden a los individuos según las conductas que hayan desarrollado históricamente. La combinación de dos mundos (el natural y el sobrenatural) y de dos tiempos (el histórico y la eternidad) establecía una amplísima gama de posibilidades explicativas y coercitivas sobre el común de los creyentes. La lucha contra este tipo de opresión por parte de los ilustrados les obligó, inicialmente a defender las tesis del ateísmo más primario: si Dios no existe, el hombre se libera de las normas morales ajenas y se da su propia ley. Lo que sucedió fue que, al configurarse en las concreciones históricas este principio abstracto, los dominadores empíricos asumieron el papel de dioses y dictaron las leyes y las sanciones, eso sí, inmanentes y terrenales. Y sucedió que en vez de las ricas y variadas representaciones artísticas y literarias del cielo y del infierno empezaron a aparecer las cárceles y los manicomios.

En claro rechazo de esa situación, nuestra tesis viene a afirmar que la moral no necesita ningún fundamento absoluto. Es más, que los intentos de absolutizar cualquier tipo de moral (ya sea de la conciencia, del grupo o del género), y consiguientemente de establecer códigos permanentes e inmutables, contradice los principios mismos de la moral y su necesidad intrínseca de desplegarse históricamente dentro de un complejo de circunstancias y relaciones cambiantes.

Pero con ello no pretendemos afirmar tampoco la validez o justificación moral de cualquier conducta individual. El "todo vale" es otro tipo distinto de absolutización, la absolutización de lo relativo. Esto relativo concreto no es valorable por su relatividad (por su falta de globalidad, totalidad o universalidad), sino por su ser histórico de estar referido a algo y a alguien. Es en ese sentido en el que se define la parte positiva de nuestra tesis como "necesidad de una base pluralista de la regulación de las conductas".

Son frecuentes todavía los intentos por parte de determinados intelectuales, de continuar con algún tipo de monopolio en el campo de las definiciones éticas (2). Lo cierto es que ni la ciencia (por muy "templo del saber" que se considere), ni la política (por muy democráticamente que trate de presentarse) tienen la cualificación necesaria para lograr, no sólo la promulgación de un código, sino, y muy principalmente, su aceptación racional y subjetiva por parte de los individuos de una sociedad. No tenemos más remedio que acudir a un planteamiento de la cuestión que impida el monopolio y posibilite el diálogo y la comunicación sobre la valoración moral de las conductas. Pero para ello hay que recorrer un largo camino que tratan de describir nuestras siguientes tesis.

Tesis 2
La imposibilidad de justificar el orden social desde una perspectiva metafísica o religiosa establece la relatividad permanente de los sistemas de organización política de las sociedades.

Resulta muy significativo que la gran discusión teológica que atraviesa todo el siglo veinte y que ha dado origen a varias obras maestras de no pocos sabios (3), se haya centrado en la "secularización" o "trascendentalización" de la relación hombre / Dios. Sin entrar ahora en una determinación más precisa de una necesaria crítica a la Ilustración (4), tenemos que constatar que la crítica del transcendentalismo religioso y la reducción crítica del concepto de razón ejercen un poderoso influjo en las mentes más abiertas de esos teólogos. A ello se unen, casi imperceptiblemente, en un principio, las revoluciones en el campo de la ciencia desde los comienzos del siglo que cambian totalmente el concepto de naturaleza vigente hasta entonces.

La claridad ilustrada acerca de los efectos perniciosos de la religión va enturbiándose y volviéndose más ambigua conforme avanza la inestabilidad social generada por las relaciones sociales progresivamente determinadas por el modo de producción capitalista y que todavía no habían encontrado las formas políticas de dominación democrática. Se nota la falta de una legitimación absoluta del orden social semejante a la que se estableció muy paulatinamente durante las denominadas "edades medias" (con la figura del monarca monopolizador del poder, reflejo del monoteísmo absoluto), y que en el alborear del capitalismo en la "edad moderna" pasó a configurarse como un aparato o mecanismo con sus leyes propias al que se denominó Estado (cuya máxima legitimación metafísica encontraríamos en Hegel).

Por ello, a comienzos de este siglo, se vuelve a discutir el problema de la implicación que las instancias religiosas tienen en la historia terrena. La aplicación de la investigación crítica a las Escrituras, y muy particularmente a los evangelios introduce cambios radicales en la hermenéutica teológica y se abre el amplio debate que aún perdura acerca de la relación Jesús de Nazaret / Iglesia establecida. Y de ambas realidades históricas con el Dios trascendente a la historia de los hombres y que dice intervenir, salvíficamente, en ella. La tendencia secularizante (representada principalmente por Bultmann, Tillich y Bonhöffer) trata de interpretar el conjunto de las escrituras, instituciones y doctrinas bajo el lema "etsi Deus non daretur" ["aunque Dios no existiera"]: la religión es un asunto entre hombres históricos, sus conductas constatables y medibles, y las instituciones por ellos generadas; el mundo trascendente, numénico, sagrado en el mejor de los casos hay que entenderlo como un futuro prometido, como "esjaton", pues si tratamos de introducirlo en la historia tiene como efecto el vaciar lo humano histórico de todo su valor, reduciéndolo a la categoría de juego intranscendente, pues todo está ya decidido en el ultramundo. La acción de Dios en la historia se reduce a la acción de los hombres [ya decían los Escolásticos que "Dios actúa por las causas segundas"], y la salvación sólo vendrá si los individuos y los grupos históricos luchan por ella. Admitir la cualidad de absoluto en cualquier manifestación histórica conduce inevitablemente a una nueva idolatría.

Frente a esta posición -que por supuesto exige muchos más matices que no caben en una síntesis-, se va a establecer otra, digamos que más tradicional (aunque tal apreciación sea muy discutible, pues se puede rastrear también una larga tradición histórica "secularista"), y que afirma la esencial alteridad de lo divino [afirmación de un Dios absolutamente trascendente]. Esa es la posición expresada en la primera obra de Karl Barth (5), que le llevó a criticar implacablemente todo tipo de teología fundamental, planteando más bien una "teología dialéctica" totalmente polarizada, a la que no hay acceso desde la filosofía. Pero dentro de esta tendencia nos encontramos con dos corrientes muy diferenciadas que tendrán consecuencias contradictorias para la relación al orden social que es lo que aquí nos ocupa.

Mientras que para Barth la radical alteridad de Dios no volvía indiferentes los sistemas históricos de dominación, sino que delimitaba muy estrictamente el campo de juego de lo humano y de sus valores tal como vienen expresados en la revelación evangélica, para otros teólogos, y especialmente para la ortodoxia católica vaticana, la afirmación de la absoluta trascendencia de lo divino vuelve intranscendentes las luchas intrahistóricas por la justicia, la verdad, la libertad, etc. Lo que implica negar la posibilidad de establecer juicios condenatorios de los sistemas de organización política de la sociedad (léase "capitalismo", "socialismo", etc.), salvo cuando éstos ataquen a las instituciones religiosas (de ahí, la legitimación vaticana del anticomunismo).

Las aventuras diversas que se intentaron a lo largo de esta siglo de "bautizar" determinados programas políticos (entiéndase, principalmente, las llamadas "democracias cristianas" como formas supuestamente humanizadoras del capitalismo, aunque no faltaron intentos de algo semejante desde el lado opuesto), han verificado su falta de sustantividad política y religiosa, y han tenido que dejar caer sus máscaras para aparecer claramente como alternativas defensoras de intereses particulares en las sociedades concretas.

El resultado de todo esto se expresa claramente en la conclusión de la tesis: los sistemas de organización política de la sociedad son necesariamente relativos, condicionados históricamente, producto de la actuación de los hombres sobre sus circunstancias y relaciones.

Tesis 3
La dominación social que se regula a través de las diversas formas de la democracia política persigue como única finalidad la reproducción de las condiciones que la hacen posible.

Los discursos con los que los políticos en ejercicio se suelen dirigir al público tratan, mayoritariamente, no tanto de inducir al ciudadano a la reflexión y a la expresión de su pensamiento y voluntad política, utilizando los estrechos cauces de que dispone para ello, cuanto de encubrir la forma básica del orden social establecido: la dominación que unos grupos sociales (minoritarios) ejercen sobre otros grupos sociales (la mayoría de la población).

Los mecanismos de producción de este efecto primordial son múltiples y complejos. Sobre todo, deben comunicar la elevada complejidad de la cuestión, ya sea económica, organizativa, militar, etc., que hace imposible que el ciudadano corriente pueda tener una opinión sobre ella; son necesarios "los expertos", como nuevo cuerpo sacerdotal, los que tienen la posibilidad de expresarse y de inclinar la decisión que afecta a todos hacia uno u otro sentido. Es verdad que cada vez les resulta más difícil hablar a los políticos sin caer en un claro cinismo, lo que, de todas formas, produce el efecto deseado de alejar a los ciudadanos de la participación política.

Tenemos que ser conscientes de que los grupos dominantes sueles ser los primeros, cronológicamente, en disponer de los instrumentos técnicos que hacen posible la reducción de la alta complejidad de las relaciones sociales. Pero todo el refinamiento técnico actual consiste básicamente en procesos cuantitativos referidos a la información: es decir, es posible almacenar, organizar y recuperar más unidades informativas en menos tiempo y espacio (a eso se denomina "revolución informática"). Lo que no son capaces de realizar esas nuevas tecnologías es la cualificación, valoración, previsión de resultados a largo plazo, ni, muy específicamente, la insensible transformación, deformación y reconstrucción, para no hablar ya de las diferenciaciones en la percepción que de la enorme cantidad de información hacen los sujetos individuales.

En lo que desemboca esta problemática es en la forzada homogeneización de todas las informaciones a partir del paradigma del mercado. La única relación que se reconoce como posible o necesaria es la que se establece en el proceso de compraventa: "¿cómo le vendo a los electores la "guerra del golfo"? ¿como una aventura? ¿como la defensa de unos intereses ajenos? ¿como muestra de solidaridad con los poderosos? ¿como defensa de los derechos humanos? Una vez tomada la decisión política, en la que cada vez participan menos personas, de lo que se trata es de "venderla bien vendida". Y nos encontramos así con que la mayoría de los políticos que aparecen por los medios de comunicación, parecen estar vendiéndonos siempre ese coche usado del que uno, sin mucha cualificación técnica pero con un poco de sentido común y otro poco de memoria histórica, tiene inevitablemente que desconfiar.

Porque el gran secreto que se intenta ocultar, las partes pudendas de nuestro sistema social salen a la luz cada vez que se genera un conflicto. No es que "los políticos sean todos iguales" (hay un "racismo" antipolítico difusa pero muy ampliamente establecido), tampoco que "ya no hay izquierdas y derechas" (es la afirmación favorita de la derecha histórica), ni que "tenemos los gobernantes que nos merecemos" (sigue siendo verdad aquello de "¡Dios, qué buen vasallo, si hubiera buen señor!"). El secreto que hay que ocultar es el de la dominación; o, si se quiere, el de la articulación de los poderes sociales bajo la forma de dominación de la mayoría por la minoría.

Por eso, dicen, está obsoleto el marxismo. Porque se atreve a denominar analíticamente los sujetos sociales y las relaciones que entre ellos se establecen. Toda la palabrería actual sobre la muerte del marxismo busca construir un nuevo muro de olvido, de unidimensionalidad, de reducción de posibilidades de pensamiento y acción para que los ciudadanos nos contentemos con nuestra suerte bajo el "suave" (el modo de vida "light", "soft", "débole", ...) capitalismo que nos ha tocado en suerte... en los países centrales, capaces todavía de mantener elevados patrones de consumo a través de las técnicas más refinadas de expoliación (¿para qué los negreros, si disponemos de la Banca mundial?) de los otros, los del sur, los grandes endeudados, los de la inflación galopante, los estados en quiebra permanente gracias a la "libre concurrencia" en el mercado mundial.

De aquí que se produzcan intentos de sacralización del sistema democrático, su presentación como panacea universal, y la reducción al silencio real de discrepantes y críticos en cualquiera de las instituciones que mantienen en pie esa democracia. Ya hace muchos años señalaba Habermas el problema de que las decisiones importantes no se toman nunca en los lugares públicos de decisión política (Parlamentos, Comisiones, etc.), sino que todo viene ya decidido de antemano en secretos conciliábulos (6). Lo que tiene como consecuencia la conversión de los "ciudadanos conscientes de sus derechos" en "masa de conformistas indiferentes", porque así se puede realizar ese sueño mítico de todos los poderosos: mantener la dominación a través de un orden sin entropía.

Tesis 4
Las formas de socialización de los individuos en una sociedad cuyo recurso estratégico más importante es el saber y la información, desbordan los cauces institucionales tradicionales (familia, Iglesias, sistema educativo, etc.) y son realizadas en no pequeña parte a través de los medios masivos de comunicación.

Si el orden social se establece para que se reproduzcan las condiciones de la dominación, se plantea siempre el problema de la integración de los nuevos individuos (la "2ª generación") en el edificio institucional que sostiene y es sostenido por ese "orden de cosas".

En los grupos fuertemente cohesionados los problemas prácticamente desaparecen, pues las normas y valores establecidos tienen enorme vigencia práctica y un contenido doctrinal bien articulado (racionalizado) y no discutido sino aprendido y asimilado con toda naturalidad. El problema surge cuando los vínculos se aflojan, se ven como posibles conductas diferentes de las que se atienen a las normas, y el edificio doctrinal se resquebraja por la aparición de otras razones, otros discursos. La "libertad de pensamiento", he ahí el origen de los males; el pluralismo de ideas que sustituye a los "símbolos compactos", genera explicaciones distintas de las admitidas mayoritariamente (¡he ahí otro demonio!: la distinción de mayorías y minorías en el seno de una comunidad única e igual); la "corrupción de las costumbres" nos habitúa a la transgresión con la consiguiente pérdida del valor coactivo de la norma. En suma, para subsanar tales degradaciones de la unidad y pureza original es necesario establecer un procedimiento para la perfecta integración en el orden social de las "nuevas generaciones". Se sientan las bases para la construcción del sistema educativo.

En los primeros tiempos de la generalización del sistema capitalista tal función era realizada por la institución de la familia, en estrecha colaboración en muchos países con la correspondiente institución eclesiástica. Se crean toda una batería de rutinas y catecismos que van a hacer posible que incluso las capas más bajas de la población, aquellas a las que se mantiene alejadas de la ciencia y la cultura oficiales, sean capaces de realizar esta función socializadora. Si bien la tendencia, fruto de largas y múltiples luchas, es a la generalización del sistema educativo, las capas dominantes irán produciendo sus propias instituciones elitistas de enseñanza, apartadas de lo que se denuncia como vicio del sistema educativo: su masificación.

Se ponen así en marcha los programas de ajuste económico tendentes a reducir la parte de riqueza generada colectivamente que se dedica a la educación (y a la asistencia sanitaria) del conjunto de la población. Porque, con las nuevas tecnologías de la comunicación y la información se abarata el costo de la realización de las funciones básicas encomendadas al sistema educativo.

Claro que la cosa no es así de simple. El discurso publicitario, que es el discurso sagrado de la sociedad de consumo, el que origina los mitos y las sanciones, el que gratifica y el que frustra a los individuos, el que inocula normas y porcentajes de valores (o "valores como porcentajes"), ese discurso todavía no ha escrito su "Libro Sagrado", su Biblia. Pero, a diferencia de las "biblias" de las religiones anteriores, que se trasmitían básicamente por tradición oral, por el discurso narrativo, y sólo en su madurez llegaron a emplear la imagen estática, la simbolización y la alegoría, el nuevo discurso sagrado del mercado cuenta desde el principio con la "imagen-movimiento", la "imagen-tiempo" (7), el sonido de alta fidelidad y todo el aparataje y capacidad de manipulación de cada uno de los elementos del discurso, pudiendo producir una sensación de verosimilitud muy superior a la de las antiguas mitologías.

No es éste el lugar de ampliar más estos esbozos de síntesis, cuyo único objetivo es el de constatar el cambio que se está produciendo, no la de contribuir a incrementar el poder de unos medios que se construye, como en la mayoría de las religiones, sobre la amplitud, fuerza y capacidad de convicción de los creyentes. Dudar de su influjo, contribuye a disminuir su poder, siguiendo al viejo W.I.Thomas (8).

Tesis 5
La nueva polarización de las sociedades democráticas occidentales, inducida por las nuevas formas de acumulación de capital y la nueva división internacional del trabajo, lleva consigo la transformación de la participación política activa de los ciudadanos en una lealtad manipulada de las masas.

Aunque los medios de comunicación traten de seguir explicándonos lo que sucede por causas prácticamente independientes del ejercicio de la libertad de los hombres y los grupos (siguen "los grandes hombres" bajo la "teoría del liderazgo", sigue el mito de "la mano oculta" bajo la presentación de las relaciones económicas como necesidades absolutas, siguen las teorías "conspirativas" de la historia bajo el sometimiento necesario a poderes ocultos -CIA, KGB, Trilateral, etc.-), las grandes tendencias del sistema por el que se rigen las sociedades occidentales, que no es otro que el capitalista, hacen sentir su presencia y sus efectos de forma más o menos generalizada y cíclica.

No es momento para fundamentar ampliamente los fenómenos enunciados en esta tesis, pues me remito a las investigaciones que los sustentan (9). Lo que me interesa subrayar aquí es el carácter de la política de estar planetariamente condicionada. Las posibilidades políticas de los antiguos Estados-Nación son siempre colindantes con los de sus diversos ámbitos en los que están situados, especialmente el de los intereses económicos del comercio internacional y la posición geográfica con respecto a los diversos flujos de mercancías, capitales, fuerza de trabajo, etc. Las formas "salvajes" de la nueva acumulación de capital (tráfico de drogas y de armas) que complementan las formas "civilizadas" (C.E.E., O.C.D.E., Banca Mundial, "Deudas externas", etc.), así como la nueva división internacional del trabajo (especialmente en las industrias tecnológicas punta), se encuentran frente a un nuevo reto mundial con dos frentes muy definidos: 1. la apertura de los países del Este al mercado capitalista, y 2. la permanente emigración de la fuerza de trabajo de todos los países del sur hacia los bordes de los países del norte.

La complejidad de estas cuestiones 9 bis y la reducción de la capacidad de tomar decisiones por instancias particulares del sistema conduce inevitablemente a que la política cambie radicalmente. El ideal ilustrado y revolucionario de la participación de todos los ciudadanos en las decisiones que van a afectar su vida se convierte progresivamente en utopía, porque la política real es una técnica más de toma de decisiones en función de intereses de grupos; cada grupo dispone de sus expertos que estudian concienzudamente las cuestiones y proponen alternativas para mantener e incrementar el poder del propio grupo y reducir el de los adversarios. Se entiende que la política tenga cada vez más en cuenta, por ejemplo, la "teoría de los juegos" y otras técnicas formalistas, mientras que los académicos de la tradición marxista occidental elaboran otras teorías como la de la "rational choice", o las "social norms" (10).

La participación del ciudadano ya no crea la "opinión pública" acerca de las cuestiones relevantes para el interés generalizado, sino que aparece como único interés universal y deseable el funcionamiento del sistema democrático parlamentario. Ante el ciudadano se revisten las instituciones funcionales de la democracia de una sacralidad taumatúrgica, y cualquier voz discrepante es identificada con el "terrorismo". El "buen ciudadano" vota para elegir a sus representantes, que serán los que hayan decidido las burocracias partidarias después de enconadas luchas. Tampoco es necesario que voten muchos, por eso, en determinados ocasiones se ponen dificultades para el ejercicio del voto (días festivos, multiplicidad de votaciones, diseminación de las circunscripciones, reglas de corrección de la proporcionalidad, tendencia al incremento de las formas mayoritarias que obvian la proporcionalidad, dificultades para los pequeños partidos de acceso a los medios públicos de comunicación, etc., etc.). La tendencia al aumento de la abstención parece ser un dato confirmado, que sólo se interrumpe por circunstancias particulares de excepción. La participación político se convierte así en lealtad de las masas 10 bis.

Se buscan entonces los medios técnicos apropiados para que los individuos se sientan masa que asiente silenciosamente, porque tiene la boca llena de productos de consumo. La mercancía es la forma de código más elevada de la "nueva moral" difundida incesantemente a través del discurso publicitario. El bien supremo es la mercancía dinero, porque no se mide ya por su valor de uso (lo que podemos comprar con él), sino por su mera posesión ("ser millonario"), o por las posibilidades de incrementarse milagrosamente por su propia virtud (los porcentajes ofrecidos por los bancos y por el Estado, la propaganda de los juegos de azar cotidianos, etc.), y la respetabilidad social que todo ello engendra. Desde esa perspectiva cualquier conducta tendente a la adquisición de tan preciosa mercancía esta moralmente legitimada, cualquier postura de austeridad o desprecio de la manipulación del consumo es un horrible pecado, y los tibios que no se decidan a tiempo a integrarse en esa enloquecida carrera (los que no se compran un coche nuevo porque no tienen dónde meterlo, los que no utilizan desodorantes, ni pañales sexualmente diferenciados, ni entran en establecimientos de comidas-basura...), serán castigados con las tinieblas exteriores (imágenes de pueblos y tribus de los mundos del sur, reportajes sobre marginales de las ciudades occidentales, etc.), serán arrojados del "nuevo paraíso".

Tesis 6
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Las capas dominantes de las sociedades occidentales tratan de recuperar los mecanismos complejos de los códigos morales para implementar una homogeneidad ideológica que permita la reproducción pacífica de las condiciones de dominación (lenguaje, construcción mediática de la realidad, exclusión de la problemático, etc.) de tal forma que la moral puede decirse que se constituye como uno de los principales recursos políticos.

La guerra es siempre un recurso último y costoso, inclusive para aquellos grupos que sacan beneficios de ella. La guerra, por muy tecnificada que pueda pensarse, lleva consigo la desaparición de individuos, lo que hace que el mercado se reduzca, bien en el ámbito de la fuerza de trabajo, bien en el del consumo de los productos.

La dominación pacífica y ordenada, la regularidad e incremento constante de los beneficios, el sometimiento silencioso de las masas y su aceptación de las normas y valores establecidos son algunos de los ideales constitutivos de eso que en los medios se denomina "Occidente". Nuestros gobernantes -en secreto- añoran los tiempos medievales, los tiempos de los órdenes jerárquicos de la vida, el privilegio siempre por encima del derecho y la armonía doctrinal unitaria realizando empíricamente una imago mundi que hacía sencillamente impensable la disidencia y la pluralidad de los pensamientos y las experiencias. Es más, se encuentran con que las tecnologías actuales de la comunicación tienen una potencialidad instrumental tan fuerte o más como la que tuvieron en tiempos pasados las narraciones de milagros, la devoción y el culto a los santos y a la Virgen, los catecismo doctrinales.

Esta potencialidad del instrumento comunicativo, vendría a confirmar la reducción de la racionalidad ilustrada y establecer la posibilidad de una sociedad totalmente administrada (11). Pero el gran poder de lo instrumental es al mismo tiempo se inevitable debilidad: el modo de ser presupone el ser, el medio sólo es por su relación a un fin, los medios sólo se legitiman por su relación a ese fin, no al contrario. Esto quiere decir que la forma actual de dominación necesita de legitimación más o menos racional, necesita la justificación del orden que impone y no le basta la mera imposición. Por ello, su uso de los medios masivos de comunicación tiene que ser radicalmente distinto de los usos totalitarios (recordemos que la propaganda fascista en la Italia de Mussolini y la nazi en la Alemania de Hitler y Goebbels empleó profusamente el invento de la radio). La dominación democrática se mantiene gracias a un cuidadoso equilibrio entre homogeneidad y diferencia.

El mercado avanza generando homogeneidades susceptibles de ser correspondidas por mercancías producidas en serie a través de procesos automatizados. Pero los individuos -los consumidores- tienen la manía de pretender ser únicos y diferentes y exigen pequeñas muestras que diferencien "su" mercancía de la de su vecino. Las series de productos varían entonces algunos detalles y crean "modelos diferentes" (ver productos tales como los automóviles, los vestidos de moda, las marcas de bebidas o productos alimenticios, etc., pero también las listas de discos más vendidos, los libros del género "best-sellers", los programas de mayor audiencia televisiva, las películas con más espectadores, las iglesias con más fieles, los colegios con "mejores" alumnos, etc.). En este juego de homogeneización y diferencia es donde se sitúa específicamente la constitución de la moral como recurso político por excelencia.

Las luchas más decisivas contra la dominación se llevan hoy a cabo principalmente en el ámbito de la reproducción social: la utilización de los lenguajes específicos y la capacidad de metaforización, la construcción mediática de la realidad, la exclusión de lo problemático, la reglamentación de las conductas funcionales, los procedimientos de establecimiento de los procesos comunicativos. Todas estas acciones y otras muchas, aunque aquí estén enunciadas con un máximo grado de abstracción, están decidiendo en la vida cotidiana los comportamientos de millones de personas.

Los dominadores de otros tiempos tenían a gala aparecer como campeones de una moral pública establecida primordialmente por las Iglesias. La falta de adaptación de esos códigos más o menos sacralizadas a las circunstancias históricas de la modernidad, junto con otras causas más complejas, ha dejado a los dominantes la penosa tarea de "hacer de dioses para que no todo esté permitido". Aparecen así las llamadas "religiones civiles" (12) y, con ellas, las "éticas civiles" que tratarían de sustituir, en la denominación y el contenido a la "anticuada" moral pública (13).

Lo curioso de este proceso es que se ha producido en diferentes ámbitos políticos nacionales, siendo conducido por fuerzas ideológicamente contrapuestas (lo mismo por partidos políticos de derechas que de izquierdas), con finalidades distintas (en unos casos para acceder a un poder largo tiempo negado, en otros para mantenerse en él), aunque con resultados muy semejantes, y casi nos atreveríamos a afirmar, con un importante crecimiento de la inmoralidad pública y el encubrimiento de la corrupción de los políticos. Pero estos resultados, paradójicamente, refuerzan el sistema de dominación democrática, pues en el caso improbable de ser juzgados y condenados (casos Nixon, Irangate, etc.), se ponen como ejemplo de la bondad del sistema que es capaz de detectar y expulsar a los miembros podridos, y mantenerse en las normas estrictas de la democracia. En el caso contrario, cuando no se persigue al corrupto o cuando éste logra con diversos artificios salir absuelto o evadir la acción de la justicia, la consecuencia que se saca es la de que hay que "robustecer el poder de las instituciones democráticas" para que no vuelvan a darse tales casos. La estructura de la dominación se reafirma, y el principio de la doble moral se hace más aceptable por mayor número de personas (14). Se obtendría así el efecto buscado de la reproducción pacífica de las condiciones de la dominación, reafirmándose que la apelación a la moral por parte de los que dominan en las sociedades es uno de los principales recursos políticos.