Juan-Luis
Pintos
Sentido y posibilidad
Santiago de
Compostela / Madrid,
1996

Publicado en en Álvarez Uría, Fernando (Ed.), Jesús Ibáñez: Teoría y Práctica, Madrid, Endymion, 1997, pp.153-165

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Pocas alternativas nos dejaba Jesús Ibañez en 1985 cuando nos arrojaba a la cara desde la primera página de su obra aquella clasificación, casi diríamos tipología ideal de los sociólogos, que proponía Philip K. Dick en una de sus extrañas e insuperables [i] novelas: "Los que están de acuerdo conmigo están locos. Los que no lo están, sustentan el poder". Esta división es casi tan perfecta como la citada por Foucault al comienzo de Les Mots et le choses [ii] y nos deja tan desconcertados como muchas tipologías sociológicas al uso. Evidentemente, Jesús Ibañez no quería "convencernos", argumentar la verdad de sus enunciados, sino contagiarnos sus manías, esconderse detrás de sus paradojas [iii], y lanzarnos el peligroso reto de reflexionar. En uno de sus últimos escritos afirmaba con enorme clarividencia: "Luhmann recibe la antorcha de manos de Parsons -su maestro-, que la había recibido de Weber. Y siguió  -efectivamente-  a Parsons y a Weber: de la única manera que puede seguir un intelectual, destruyéndolos" [iv].

No podemos ser tan drásticos con él, con Jesús Ibañez, porque nunca quiso ocupar la posición de "maestro". En comparación con tantos "enanos sobre hombros de gigantes" [v], su estatura se agiganta precisamente por su falta. Pero la falta es precisamente el signo de la discontinuidad temporal y del fragmento por relación al todo. La falta es la falla espacial donde caen los que no ven que no ven lo que no ven. Saltar de un margen al otro de esa falla es la intención de esta contribución que parte de una cita en la que Jesús Ibañez sintetiza la posición central de Niklas Luhmann:

La sociedad es una "relación de relaciones": en vez de acciones, comunicaciones (la sociedad no está compuesta de hombres, sino de comunicaciones). Es el sistema de todas las comunicaciones con sentido posibles. Al renunciar a todo fundamento ontológico  -el mundo no tiene base, y no hay un mundo sobre el mundo-, lo real es un conjunto de posibilidades y contingencias. Manejables mediante selecciones: cada selección funda lo real, y abre el repertorio de nuevas posibilidades [vi].

A partir de aquí vamos a saltar al otro borde de la falla y presentar, muy sintéticamente la concepción luhmaniana de sentido y su función en el sistema social.

I Sentido y complejidad
Desde la conceptualización weberiana [vii] se ha vinculado el sentido, en sociología, con la cuestión del sujeto. El sujeto es el que percibe, genera, construye, da, elabora, etc. el “sentido mentado de la acción”. Si no hay sujeto no hay sentido. De ahí que la problemática del sentido haya aparecido más como cuestión filosófica (cuando no “metafísica”) que como núcleo duro de la comprensión de las relaciones sociales. Excluido de la medida, ajeno al pensamiento causal, desligado de la significación lingüística planteaba más oscuridades de las que ayudaba a resolver. Las versiones sartrianas o foucaultianas del problema tampoco contribuyeron a una clarificación excesiva [viii]

Será Niklas Luhmann, ya en su producción temprana (1971) el que nos proporcione una perspectiva claramente sociológica del concepto al elaborarlo en el marco de la complejidad y de la contingencia. Al definir al sujeto como “identidad constituida con sentido” lo coloca en una posición derivada, ya que necesitamos del sentido para saber lo que sea el sujeto.

Luhmann parte de un análisis de la función del sentido para intentar mostrar que el cumplimiento de esta función presupone un sistema constitutivo de sentido. Como tal sistema no piensa en cualquier fuente de energía, ni en una causa, ni en el sustrato orgánico-psíquico del vivir con sentido, ni en el individuo concreto. Se parte de una “relación-de-sentido” (“Sinnzusamenhang”) en cuanto tal. Se pueden considerar como tales lo mismo los sistemas psíquicos, en tanto en cuanto pueden ser identificados como unidad de relaciones con sentido de vivencias y actuaciones, así como los sistemas sociales.

La falta de claridad en las relaciones entre sentido y sistema hace emerger como problema lo que Luhmann denomina “Constitución” (del sentido):

“El sentido se presenta siempre en circunstancias delimitables ('abgrenzbaren') y al mismo tiempo señala por encima de ellas (hace representables otras posibilidades).(...) Lo que hay que entender y lo que vale para interpretar el concepto de constitución es aquella relación de un orden condensado selectivo a la apertura a otras posibilidades, y ciertamente como una relación recíprocamente-condicionante de lo-posible-sólo-conjuntamente. Intentaremos interpretar esta típica relación constitutiva de la vivencia y la acción con sentido con la ayuda de los conceptos de sistema y mundo (o entorno), y hablaremos, por ello, de los sistemas de sentido como de sistemas constituyentes de sentido” [ix]

Porque el concepto de sentido designa la forma de orden de la vivencia humana y no cualquier tipo parcial de relación objetiva al mundo. La transcendencia inmanente de la vivencia, su modo de ser-impulsado-por-encima-de-sí-mismo (“Über-sich-Hinausgewiesensein”), no es opcional sino que representa la condición desde la que tiene que constituirse toda libertad de elección. Por ello permanece como algo insoslayable el problema de integrar la actualidad de la vivencia con la transcendencia de sus otras posibilidades, e insoslayable también la forma de elaboración de la vivencia que esto exige y a la que Luhmann denomina “sentido”.

Una primera respuesta a este problema la ofrece definiendo la función del sentido como una doble tarea:

  1. relación selectiva entre sistema y mundo
  2. posibilitar al mismo tiempo:
  1. la reducción

  2. y  el mantenimiento de la COMPLEJIDAD [x]

No podemos aquí entrar a fondo en la cuestión de la complejidad como elemento definitorio del sistema social que non impide y nos permite al mismo tiempo llegar a tener una comprensión adecuada de las relaciones sistémicas. En este momento nos basta con explicitar la necesidad de un proceso selectivo basado en el hecho de que siempre hay más posibilidades de vivencia y acción de las que pueden ser actualizadas (este sería el fenómeno de la complejidad), y el hecho concomitante de la Contingencia: las posibilidades sólo son posibilidades y por tanto pueden suceder de manera distinta a como eran esperadas y de ahí las negatividades del riesgo y la decepción

Concluyamos ya esta primera aproximación al sentido desde la perspectiva luhmanniana con dos citas de síntesis:

"Sólo en el presente durable de la vivencia constituida con sentido puede ofrecer seguridad excluirse el miedo  regalarse confianza" [xi]

El sentido es:

  1. la forma de orden de la vivencia

  2. la forma de las premisas para la recepción de información y elaboración consciente de la vivencia,

  3. y posibilita la interpretación consciente y la reducción de la elevada complejidad"[xii].

II Sentido y comunicación
Nos advertía Ibañez en la cita de uno de sus últimos escritos que para Luhmann, “La sociedad (...) es el sistema de todas las comunicaciones con sentido posibles”. Con ello, nos introduce en una etapa más madura de la obra luhmaniana, y en concreto en la teoría que podemos encontrar en Soziale Systeme (Sistemas sociales, 1984). 

“Los sistemas psíquicos y sociales surgieron en el camino de la coevolución. Un tipo de sistema es entorno imprescindible del otro. Las razones de esa necesidad radican en la evolución misma que posibilita ese tipo de sistemas. Las personas no pueden permanecer ni existir sin los sistemas sociales y viceversa. La coevolución condujo hacia ese logro común que es utilizado por los sistemas tanto psíquicos como sociales. Ninguno de ellos puede prescindir de ese logro común, y para ambos es  obligatorio como una forma indispensable e ineludible de complejidad y autorreferencia. A este logro evolutivo le llamamos sentido[xiii].

El sentido aparece así situado dentro de la complejidad pero implicado en el desarrollo de la historia. Esta no hubiera sido posible sin el ejercicio de la función de selección atribuida al sentido. Pero la historia es también el mundo de las referencias. El sentido aparece bajo la forma de un excedente de referencias a otras posibilidades de vivencia y acción.

Algo está en el foco, en el centro de la intención, y lo otro está indicado marginalmente como horizonte de la actual y sucesiva vivencia y acción. Todo lo que se intenta de esta manera se mantiene abierto al mundo en su conjunto y garantiza, por consiguiente, la actualidad del mundo bajo la forma de la accesibilidad. La remisión misma se actualiza como punto de vista de la realidad, pero no sólo incluye lo real (lo presuntamente real), sino también los posible (lo condicionadamente real) y lo negativo (lo irreal, lo imposible). La totalidad de remisiones que surgen del objeto proveedor de sentido pone a la mano más posibilidades de facto de las que pueden realizarse en el siguiente movimiento.

Por consiguiente, la forma de sentido obliga en el siguiente paso a la selección, debido a su estructura de remisión. Este curso inevitable de la selección forma parte de la conciencia del sentido y de la comunicación en los sistemas sociales: la facticidad pura de la realización actual de la vida no le confiere la última seguridad de enlace ni a la conciencia ni a la comunicación.

Mediante una formulación un poco diversa se puede decir que el sentido dota a la vivencia o a la acción que se realizan en la actualidad, de posibilidades redundantes. Con ello se compensa, a su vez, la inseguridad de la selección. La redundancia tiene una función de seguridad. Uno se puede permitir errores, sin que con ello se hayan agotado las posibilidades. Se puede regresar al punto de partida y escoger otro camino

En cada sentido, nos recuerda Luhmann, en cualquier sentido se añade la presencia de una complejidad inconcebiblemente alta (complejidad del mundo) que se mantiene disponible para la operación de los sistemas psíquicos y sociales y en la cual el sentido provoca, por un lado, que esas operaciones no puedan destruir la complejidad, sino que la regeneren continuamente por medio del sentido. La realización de las operaciones no produce que el mundo se encoja; sólo en el mundo se puede aprender a instalarse como sistema mediante la selección de posibles estructuras. Por otro lado, cada sentido reformula la coacción a la selección implícita en toda complejidad, y cada sentido determinado se cualifica mediante las sugerencias de determinadas posibilidades de unión y vuelve improbables o difíciles, o excluye difusa o momentáneamente otras. El sentido -según la forma y no el contenido- es, por lo tanto, reproducción de complejidad, una forma de reproducción que permite el asimiento puntual en donde queda colocada, pero que a la vez identifica cualquier asimiento como selección, y lo hace, si se puede decir así, responsable.

Al igual que en el caso del problema de la complejidad, surge nuevamente el problema de la autorreferencia, en la forma del sentido. Cada intención de sentido es autorreferencial en la medida en que prevé su propia posibilidad de reactualización, por lo tanto, se retoma en su estructura de remisión como una entre muchas posibilidades de vivencias y acciones adicionales. La coacción de sentido impuesta en todos los procesos de los sistemas psíquicos y sociales tiene también consecuencias para la relación entre sistema y entorno. No todos los sistemas procesan la complejidad y la autorreferencia en forma de sentido. Pero para aquellos que lo hacen, sólo existe esa posibilidad de procesamiento. Para ellos, el sentido se constituye en la forma del mundo con lo cual se transciende la diferencia entre sistema y entorno. El entorno se da en forma de sentido y los límites del entorno son límites de sentido; por consiguiente, se remiten, al mismo tiempo, hacia afuera y hacia dentro. El sentido en general y los límites del sentido, en particular, garantizan el nexo insuperable entre sistema y entorno mediante la forma especial del sentido: remisiones redundantes.

El sentido, como un universal evolutivo, se corresponde finalmente con la tesis de la clausura en la formación de los sistemas autorreferenciales. La clausura del orden autorreferencial se vuelve aquí equivalente a la apertura infinita del mundo. Esta apertura está constituida por la autorreferencialidad del sentido, y reactualizada continuamente por medio de ésta. El sentido siempre remite de nuevo al sentido y nunca a algo más allá del sentido o a algo diferente. También las negaciones -y esto es lo que las hace incluibles-  tienen sentido. Cualquier intento de negación de sentido presupondría, de una manera general, sentido y tendría lugar en el mundo. el sentido es pues una categoría innegable y sin diferencia. Su superación (Aufhebung) consistiría  -en el más estricto de los sentidos-  en su annihilatio, y eso sería asunto de una instancia externa impensable.

La génesis y la reproducción de sentido presupone una infraestructura de realidad que permanentemente está cambiando sus condiciones. El sentido sustrae a esta infraestructura diferencias (que sólo tienen sentido como diferencias) para posibilitar un procesamiento de información orientado por las diferencias. Lo que nos introduce en la relación del sentido con la comunicación.

“La comunicación es siempre una acción selectiva. El sentido no permite más elección que elegir. La comunicación toma algo del actual horizonte de referencias que ella misma constituye y deja lo otro a un lado. La comunicación es el procesamiento de la selección[xiv].

La comunicación, para Luhmann, no se formula en términos de transferencia de información entre un emisor y un receptor, sino que se constituye en tres fases selectivas orientadas por el sentido. La información, que es una selección a partir de un repertorio (conocido o desconocido) de posibilidades. La notificación (“Mitteilung”) que supone el que alguien elige un comportamiento que hace saber a otro esa información y que puede ocurrir intencionalmente o no. La fase decisiva es la tercera que consiste en que se produzca la distinción entre información y notificación: “Sólo hay comunicación cuando esa diferencia es observada, atribuida, comprendida y puesta como fundamento para la elección del comportamiento posterior” [xv]

Selección, diferencia y posibilidad serían las tres palabras claves para adentrarnos en una concepción del sentido que se mantenga dentro de la perspectiva sociológica y responda a las exigencias de la actual situación de las ciencias. Me estoy refiriendo, por supuesto, a la orientación constructivista de una cibernética de segundo orden [xvi].

III Sentido y posibilidad. Constitución del sentido
"Sucede lo que sucede, habíamos dicho, y esto significa: Cada representación de posibilidades es cosecha de un observador. ¿Cómo llega el observador a tener como posible algo que no es? ¿Cómo asume la temeridad de orientarse hacia lo no disponible, en los objetivos, en los futuros, en los peligros, en las eventualidades, en las contingencias? ¿Cómo lo “modifica”? Sabemos cómo lo hace, es decir, por la distinción y la indicación. Pero esto no responde a la pregunta por lo que acontece cuando lo hace. Y naturalmente siempre se piensa: siempre que él fácticamente (por tanto también: observable) lo hace.

Lo que sucede de ese modo no es otra cosa que la constitución del sentido. Ya sea irreflexivo o meditativo, el sentido siempre se funda sobre la diferencia entre el contenido actualmente realizado y la referencia a otras posibilidades (últimamente infinitas). En el medio sentido está siempre ya incorporado el estar destinado a la distinción e indicación observante. Los sistemas que se orientan por el sentido y que por ello han desarrollado una forma determinada de tratamiento de la complejidad, ya no pueden operar de otro modo que dirigidos a la observación. Si el sentido evoluciona, evoluciona con él la posibilidad de orientarse por la misma posibilidad: ya sea la posibilidad de la muerte, ya sea la posibilidad de terminar inconfeso en el infierno, ya sea la posibilidad de la bancarrota, ya sea la posibilidad de una destrucción atómica del planeta [xvii].

La recuperación del sujeto, en sociología, no nos vendrá propuesta por la vuelta a una “filosofía de la conciencia” [xviii], sino por su capacidad de convertir lo posible en real a través de la distinción y la indicación. Pero la sencillez de este enunciado es engañosa.

La constitución del sentido es el mecanismo por el que el sujeto puede identificarse al tiempo que realiza la observación. Y para ello tiene que resolver una primera cuestión: ¿Cómo llega el observador a tener como posible algo que no es? El moverse en el medio de las posibilidades requiere cambiar nuestros hábitos de pensamiento aferrados a la forma de la causalidad como relación explicativa de los fenómenos y no llegamos a comprender el sentido como “la forma de orden de la vivencia y la forma de las premisas para la recepción de información y elaboración consciente de la vivencia”.

Y como hemos visto anteriormente, el sentido se constituye por la diferencia entre lo observado como existente y las referencias infinitas que desbordan la realización particular de una posibilidad. Recordemos aquel grafitti del 68 que apareció en las paredes del Conservatorio de París: “Quand le doigt montre la lune, l’imbécille regarde le doigt. Proverbe chinois” [xix].

Las utopías no son ilusiones peligrosas para el desorden establecido sino semilleros de posibilidades que nos permiten operar sobre nuestro presente, porque ningún presente está asentado en la realidad. La vieja ilusión ontológica de un ser inamovible por inobservable deja paso al pensamiento nómada que se aplica a la elaboración de las posibilidades.

Recuperamos así, por intrincados caminos, el pensamiento de Jesús Ibañez sobre el sentido, cuando al proponer en un cuadro sintético el “esquema dominante”(sedentario, mayor, dogmático) y la “Alternativa/Complemento” (nómada, menor, crítico) sitúa al sentido en la segunda columna y en el nivel epistemológico, pues “produce efectos de supervivencia” [xx]. Que vendría también a coincidir con dos de los pensadores menos apreciados hoy por las modas, pero que nos dejaron en herencia rica y sugerente. Sartre cita a Merleau-Ponty:

“Es lo que dijo Merleau-Ponty cuando escribió que la Historia es el medio en el que "una forma cargada de contingencia abre de repente un ciclo de futuro y lo gobierna con la autoridad de lo instituido". Este ciclo de futuro es el sentido” [xxi]

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[i] Digo "insuperables" pues quizás representen algunas de las mejores descripciones de la sociedad que nos ha tocado vivir y sufrir.

[ii] "Este libro nació de un texto de Borges. (...) "Los animales se dividen en a) pertenecientes al Emperador, b) embalsamados, c) amaestrados, d) lechones, e) sirenas, f) fabulosos, g) perros sueltos, h) incluidos en esta clasificación, i) que se agitan como locos, j) innumerables, k) dibujados con un pincel finísimo de pelo de camello, l) etcétera, m) que acaban de romper el jarrón, n) que de lejos parecen moscas" (M.Foucault, Las palabras y las cosas, México, Siglo XXI, 1978, p. 1. El texto de J.L.Borges puede encontrarse en Obras Completas, t. II, Barcelona, Círculo de Lectores, 1992, p.301

[iii] Recuerdo ahora aquella explicación paradójica de todos los "happy end" que atribuye a Perich: "El mal nunca triunfa porque si triunfa se llama bien" (J.Ibañez, 1985, p.29)

[iv] J. Ibañez, "El papel del sujeto en la teoría (Hacia una sociología reflexiva)", en E.Lamo & E.Rdgz.Ibañez (Eds.) Problemas de Teoría social contemporánea, Madrid, CIS, 1993, p. 377.

[v] Esta expresión ha sido atribuida, dentro del mundo anglosajón a Newton. Sin embargo, un eminente representante de la sociología española afirma que la frase en cuestión tiene como autor original a Juan-Luis Vives.

[vi] J. Ibañez, "El papel del sujeto en la teoría", p. 377.

[vii] Cfr. Max WEBER, Economía y sociedad, [1922], México, FCE, 1969, p. 6 [ed.alemana: 5ª ed. Studienausgabe, Tübingen, Mohr (P.Siebeck), 1985, p. 2]: “Por "Sentido" entendemos el sentido mentado y subjetivo de los sujetos de la acción, bien a) existente de hecho: ) en un caso históricamente dado, ) como promedio y de un modo aproximado en una masa de casos; bien b) como construido en un tipo ideal con actores de este carácter. En modo alguno se trata de  un sentido "objetivamente justo" o de un sentido "verdadero" metafísicamente fundado. Aquí radica precisamente la diferencia entre las ciencias empíricas de la acción, la sociología y la historia, frente a toda ciencia dogmática, jurisprudencia, lógica, ética, estética, las cuales pretenden investigar en sus objetos el sentido "justo" y "válido".

[viii] Cfr. J. L. Pintos, “Saber y sentido (Lectura y metáfora de un tema escondido en la obra de M.Foucault)”, en R.Máiz (Ed.), DISCURSO, PODER, SUJETO. Lecturas sobre Michel Foucault, Universidad de Santiago de Compostela, 1986, pp. 13-43

[ix] J. Habermas / N. Luhmann, Theorie der Gesellschaft oder Sozialtechnologie - Was leistet die Systemforschung?, Frankfurt, Suhrkamp, 1971, pp.30-31.

[x] ibid., pp. 32-37

[xi] ibid., p. 59

[xii] ibid., p.61

[xiii] N. Luhmann, Soziale Systeme, 1984, Frankfurt, Suhrkamp, p. 92 [trad.castellana: México, Iberoamericana / Alianza, 1991, p. 79]

[xiv] ibid., p. 194 [153-154].

[xv] ibid., p. 195 [155].

[xvi] Cfr. J. L. Pintos, [1994], "Sociocibernética. Marco sistémico y esquema conceptual", en J.M.Delgado & J.Gutierrez (Eds.), Métodos y técnicas cualitativas de investigación en ciencias sociales, Madrid, Síntesis, 1994, pp-563-580

[xvii] N. Luhmann, Die Wissenschaft der Gesellschaft, Frankfurt, Suhrkamp, 1990, p. 683.

[xviii] No voy a entrar en la polémica suscitada por Habermas en El discurso filosófico de la modernidad (1985) (pp.426-445), donde atribuye a Luhmann el apropiarse de la tradición del sujeto a través de la teoría de sistemas. Puede verse específicamente la menguada comprensión del sentido en relación a la observación (pp. 440-441), a la que indirectamente responde Luhmann en el primer capítulo de Die Wissenschaft der Gesellschaft (pp. 11-67).

[xix] Cfr. E.M. Claessen/L.F. Peters, Rebellion in Frankreich, München, DTV, 1968, p.144.

[xx] Cfr. J. Ibañez, Del algoritmo al sujeto, Madrid, Siglo XXI, 1985, p.267.

[xxi] J. P. Sartre, (1966), Situations, IX, Paris, Gallimard, 1972, p. 178.