El motivo que alienta este estudio es la reconsideración de la
tradicional conceptualización de la ideología a partir de la aportación
teórica suscitada por la noción de imaginario social. Fijamos nuestra
atención pues, en una ya clásica temática filosófico-sociológica
concreta, la de la ideología, para intentar repensarla a la luz de la
innovadora concepción del imaginario social, resultado de lo cual
tratamos de extraer ciertas consecuencias teóricas con claras
implicaciones en el plano de lo propiamente político. Si bien es cierto
que la literatura filosófica y sociológica en torno a la ideología es
extremadamente prolífica a lo largo de todo el siglo XX, ésta no había
sido abordada hasta el momento desde la específica formulación del
imaginario social como constructor y configurador de realidad. Lo que,
como punto de partida, impulsó la génesis y posterior desarrollo de esta
investigación.
Para ello, nos hemos visto obligados a comenzar nuestro trabajo
analizando el peculiar significado atribuido a la noción de ideología en
el pensamiento de Marx, con el cual ésta adquiere un estatuto teórico
consolidado. Lógicamente, pudimos habernos retrotraído a su origen
etimológico en la obra de Destutt de Tracy, pero tomamos a Marx como
referente fundamental a partir del cual la problemática en torno a la
ideología pasa a ocupar un destacado lugar como objeto de estudio. En
Marx, la ideología era el elemento explicativo del porqué los individuos
no son conscientes del carácter contradictorio sobre el cual descansa la
vida social. Con éste, la ideología se convierte en el decisivo factor
que nos ayuda a comprender el desajuste existente entre cómo los sujetos
se ven y como efectivamente son, entre cómo se representan su realidad y
como ésta realmente es. Al mismo tiempo que nos ayuda a entender aquello
que obstaculiza la posible transformación histórica de las condiciones
de existencia de una sociedad.
Porque, en definitiva, este desacuerdo que se da entre realidad y
representación es la causa de que el orden social y las contradicciones
que éste alberga, se mantengan incólumes. Perspectiva que, de una u otra
forma, se mantiene como una constante a lo largo de toda la tradición de
pensamiento marxista.
A partir de la lectura de los textos de Marx en los que se aborda la
ideología, hemos centrado nuestro análisis en la obra de Karl Mannheim y
Louis Althusser. De alguna manera, puede decirse que las distintas
teorías de la ideología posteriores a Marx son, en sus distintas
variantes, un diálogo constante con éste, surgiendo como diferentes
propuestas teóricas que piensan en muchos casos contra Marx pero siempre,
inevitablemente, desde Marx. La opción por Mannheim y Althusser, no
obstante, no es algo arbitrario. En el primero, la teoría de la
ideología conduce a un posicionamiento perspectivista que intenta poner
en duda cualquier posible pretensión absolutizadora de la verdad. En el
segundo, por el contrario, al afianzamiento de una importante
contraposición epistemológica establecida entre ideología y ciencia.
Partiendo del planteamiento marxiano, estos dos autores concluyen en
versiones prácticamente contradictorias de la ideología. El imperativo
de una lógica acotación de este trabajo es lo que explicaría que no nos
pudiéramos haber detenido explícitamente en pensadores de la
trascendencia de Georg Lukács, Antonio Gramsci, o Wilfredo Pareto entre
otros, que, sin embargo, implícitamente, están presentes en ciertas
localizaciones de nuestro discurso. En cualquier caso, nuestra elección
está respaldada por el hecho de que Mannheim y Althusser orientan la
teoría de la ideología por unos derroteros que acaban finalmente
confrontándose.
Además, en el caso de Althusser nos interesó especialmente su
emblemático planteamiento de la relación existente entre ideología y
reproducción de relaciones sociales. Desde el marco del estructuralismo
althusseriano, el mantenimiento del orden social descansa sobre la
específica actuación de los Aparatos ideológicos del estado en cuanto
instituciones destinadas a conservar las relaciones sociales dominantes,
actuando sin embargo en el terreno propio de la conciencia, de la
representación del mundo. En Althusser, como en lineas generales en el
marxismo, está inequívocamente presente la preocupación por descifrar
los mecanismos mediante los cuales consigue justificarse la dominación
social en la conciencia de los dominados, como también la resistencia que
obstaculiza el cuestionamiento y la posterior superación de la
dominación por parte de éstos. En este sentido, la ontología social
materialista era siempre la aliada de una crítica a una interesada e
ilusoria presentación de la realidad que perseguía el mantenimiento de
las contradicciones sociales. En definitiva, Althusser nos ayudó a
aproximarnos a una fecunda problemática filosófico-política ya apuntada
en su momento por Le Boétie: la que buscaba desentrañar el acatamiento y
asunción por parte de los individuos de un determinado orden social.
Problemática en la cual, por otra parte, intenta profundizarse en el
recorrido de este trabajo, y que, en realidad, es el móvil fundador que
lo orienta.
Conviene señalar, además, que el análisis crítico de la ideología
de raigambre marxista y mannheimniano se mueve en el plano propio de la
teoría, en ese espacio indelimitado en el que se acaban entrecruzando
filosofía y teoría sociológica. Si bien en el marxismo hay un decidido
énfasis en violentar un ejercicio filosófico idealista y especulativo
desde la asunción de una versión materialista de la historia, sin
embargo, pese a ello, esta tradición está inmersa en el ámbito de lo
teórico, aunque eso sí, en el de una teoría con una idiosincrasia
propiamente crítica y materialista. Este trabajo, intencionadamente,
persigue desenvolverse en este mismo terreno, lo que lo convierte en un
diálogo inconcluso con una fecunda corriente histórica que tuvo la
relevante virtud de poner al descubierto la intrínseca e inevitable
determinación social de todo pensamiento. Por eso, nuestra aportación
busca enmarcarse en esta línea, catalogada académicamente como teoría
de la ideología, aunque en ocasiones sin unos límites nítidos respecto
del campo intelectual específico abordado por la sociología del
conocimiento.
Nuestro primer contacto con la trascendencia del imaginario social
surgió a partir de la lectura de los textos en los que Juan Luis Pintos
intentaba aproximarse a su funcionalidad social. A través de ellos,
comenzamos a vislumbrar la radical importancia de éste a la hora de
entender como los coparticipantes en un imaginario social atribuían una
consistente realidad a su mundo, revelándonos cómo aquello aceptado como
real obedecía, en última instancia, a un proceso de construcción social
que convierte a la realidad en algo particularmente inteligible. En el
trasfondo de la línea teórica suscitada a raíz del imaginario social,
sospechábamos que permanecía vigente una indudable preocupación
ontológica en torno a la naturaleza de lo real, aunque ahora reformulada
en clave constructivista, que podría ser de utilidad a la hora de abordar
la temática del ejercicio del poder en las sociedades actuales. De esta
forma, alentábamos la posibilidad de imbricar la conceptualización del
imaginario social con la problemática de la ideología, tan enraizada
ésta en el pensamiento marxista, para así llegar a examinar la relevante
funcionalidad del imaginario social en el orden de lo político. Para
ello, teniendo en cuenta la necesaria acotación de nuestro trabajo,
circunscribimos el análisis de la concepción del imaginario social al
pensamiento francés más actual, seleccionando entonces como objeto de
nuestro estudio a Cornelius Castoriadis, Raymond Ledrut, Georges Balandier
y Michel Maffesoli. De cualquier modo, conviene precisar que siempre
estuvo alejado de nuestra intención llevar a cabo un desarrollo minucioso
y exhaustivo del pensamiento global de cada uno de estos cuatro autores,
conformándonos con la intención de analizar su específico tratamiento
puntual del imaginario social.
Cuando nos introducimos con más profundidad en la concepción del
imaginario social comenzamos a entrever que el aparato teórico marxista
presentaba ciertas limitaciones, porque, en concreto, adolecía de la
capacidad de reconocimiento de la esencial y connatural función de lo
imaginario en la vida social. Ni Marx, que lo relegaba simplificadoramente
al terreno de la ilusión ideológica, ni tampoco Althusser, que lo
contemplaba desde la limitada óptica del psicoanálisis lacaniano como un
reflejo especular de lo real, lograban hacer justicia al preponderante
papel que juega lo imaginario en la dinámica social. A este respecto,
Cornelius Castoriadis nos mostró cómo lo real no se identifica
ingenuamente con lo material, enseñándonos que aquello asumido como
realidad por una determinada sociedad responde a un proceso de
institucionalización de unas específicas significaciones imaginarias.
Poniendo, de este modo, en entredicho la existencia de una realidad
objetiva preconstituida al margen de un imaginario social, porque éste es
el que verdaderamente otorga una decisiva significación e inteligibilidad
a la realidad. A nuestro juicio, el potencial del pensamiento de
Castoriadis radica en poner al descubierto cómo aquello aceptado como
evidencia social incuestionable, como certeza ontológica inquebrantable,
descansa en última instancia en una configuración siempre sustentada
sobre un imaginario social. Pero esto nos abría al mismo tiempo una
novedosa vía de acceso a la comprensión del mantenimiento de la
dominación social, puesto que, como ya pusiera de relieve Max Weber,
ésta necesita apoyarse sobre una necesaria legitimación. En este punto
concreto es donde sostenemos que el imaginario social desempeña un
destacado papel.
Por otra parte, a medida que ahondábamos en el estudio del imaginario
social en los pensadores que centran nuestro estudio se nos descubría la
existencia de un denominador común a todos ellos: la localización de lo
imaginario en un ámbito de la experiencia social irreductible en
términos conceptualistas, racionalistas y, por supuesto, positivistas, lo
que implícitamente nos hizo posicionarnos frente al tratamiento unívoco
de la realidad social propuesto a partir de la modernidad y desde la
ilustración. El redescubrimiento del especial estatuto de lo imaginario
nos reveló cómo la vida social se resiste a ser constreñible desde los
parámetros de la racionalidad ilustrada, cuestionando así los cánones
impuestos por la modernidad con su ansiada depuración de lo mítico en
favor de un monocorde y desencantado conocimiento científico. Con lo
imaginario, pues, tomamos conciencia de cómo el mito recobra la
fecundidad que la modernidad pretendió ilegítimamente usurparle.
Y en este sentido, cabe hacer una importante precisión: nuestro
acercamiento a la naturaleza y funcionalidad del imaginario social se
desmarca de una conceptualización arquetípica y transhistórica fundante
de una cultura. La noción de imaginario social admite una multiplicidad
de enfoques analíticos, de los cuales nos hemos inclinado por aquel que
lo adscribe a los procesos de construcción y asunción social de
realidades. Evidentemente, podría existir un tratamiento del imaginario
social desde el psicoanálisis lacaniano, como también desde una
hermenéutica simbólico-cultural, pero lo que centra nuestro interés
concreto en torno al imaginario social es su eficacia para generar y
cristalizar una determinada experiencia de la realidad aceptada como una
certidumbre social consistente. Nos interesó fundamentalmente, en este
sentido, la perspectiva en torno al imaginario social formulada tanto por
Cornelius Castoriadis como por Raymond Ledrut. De este modo, apoyándonos
para ello en la obra tardía de Durkheim, nos desmarcamos del dualismo
ontológico que preside el marxismo, el cual establece una simplificadora
dicotomía entre lo material y lo ideal, entre lo real y la
representación.
Y ello, porque lo imaginario, como expresión sui géneris de lo ideal,
está incluido en lo real, se hace presente en éste, y por tanto no
pertenece a un ámbito autónomo e independiente de lo material, o dicho
de otro modo, la realidad social está impregnada de por sí de una
representación que le confiere una determinada significación. En este
punto, la noción de forma social no sirve como decisivo utillaje teórico
clarificador de la amalgama de subjetividad y objetividad bajo la que se
conforma toda realidad social. Esto nos introducía en una renovadora
versión ontológica con unas trascendentales consecuencias en el terreno
de lo político.
Por tanto, tratamos de confrontar esta concepción del imaginario
social con los textos fundamentales de Marx y Althusser en los que se
aborda la compleja temática de la ideología. Y lo intentamos llevar a
cabo, por una parte, sin perder el referente propiamente teórico en el
que se inscribe este estudio, fijando así nuestra atención en las
implicaciones teóricas de las formulaciones de los autores que incluyen
este trabajo y desplazando, por tanto, de nuestro interés sus
manifestaciones más concretas o prácticas. Y por otra parte, aún
reconociendo las inevitables dificultades que ello entra_a, intentando
sonsacar un denominador común de entre las específicas aproximaciones al
imaginario social en cada uno de ellos. Lo que no es óbice para que nos
hayamos apoyado en otros autores a mayores que han abordado también,
directa o colateralmente, el imaginario social.
Como resultado de esta confrontación a la que antes aludíamos, en el
caso de Marx ponemos de relieve cómo su estrecha ontología social
materialista y racionalista bloquea el desvelamiento de la radicalidad
social de lo imaginario. En el caso de Althusser, nos sirvió para hacer
frente a una tajante demarcación epistemológica establecida entre
ciencia e ideología que relega a esta última a la prehistoria del
conocimiento científico y confiere a la ciencia la facultad de erigirse
en única expresión de conocimiento legítimo y además válido por sí
mismo. Tomando como base la revitalización antropológica de lo
imaginario suscitada a partir de la lectura de Gilbert Durand, descubrimos
cómo Marx no consigue liberarse del marco de pensamiento ilustrado que
sospecha de lo imaginario al identificarlo con una pseudorealidad, con una
quimera explicable desde las claves del materialismo histórico. Pero al
mismo tiempo, cuestionamos cualquier proyecto de hipostatización de la
verdad para la teoría marxista que pretenda convertir a ésta en corpus
teórico acabado y apoyado sobre una privilegiada cientificidad, tal como
se manifiesta en el pensamiento de Althusser. Siguiendo la estela
gnoseológica suscitada a raíz de la conocida paradoja de Mannheim, la
concepción del imaginario social nos induce a problematizar todo programa
de absolutización de la verdad y consiguientemente nos abre a un
enriquecedor pluralismo epistemológico.
El resultado de la contrastación teórica entre la concepción del
imaginario social y los textos fundamentales en los que se aborda la
temática de la ideología en el marxismo nos condujo finalmente a la
imposibilidad de una crítica ideológica en términos marxianos y
althusserianos. La crítica de la ideología marxiana, entendida como
superación en clave materialista de la inversión de lo material e
histórico en representación autónoma y espectral, buscaba reencontrase
con una encubierta realidad pero que como tal no estaba mediatizada por un
imaginario social, era una realidad concebida en términos de materialidad
y objetividad. Mientras que la crítica ideológica althusseriana, trataba
de disolver la resistencia de la ilusión ideológica desde la práctica
teórica científica como depositaria de la verdad, pero concibiendo esta
verdad desligada de todo marco o instancia extracognitiva, de toda
representación o imaginario social que actúe a modo de presupuesto
implícito en la propia ciencia. En ambos casos, a la luz de la noción de
imaginario social, el modelo de crítica ideológica se ve seriamente
cuestionado. Lo que suscito nuestro interés en repensar un nuevo marco
teórico para ella, pero ahora desde la prioritaria asunción del
imaginario social como constructor de realidades. Esto, indudablemente,
nos exigía una renovación tanto de la ontología social materialista
como de una epistemología aún heredera de la concepción del
conocimiento como copia o representación de una supuesta realidad
objetiva.
Poniendo en entredicho el objetivismo para el cual la realidad posee
una existencia como dato independiente del sujeto que lo experiencia, la
concepción del imaginario social nos descubre, fenomenológicamente, que
lo real lo es siempre como una experiencia subjetiva solidificada, como
una interpretación significativa que de él se hacen los sujetos. Y esta
específica significación e inteligibilidad de la realidad, es
conveniente subrayarlo, viene configurada siempre, inevitablemente, por un
determinado imaginario social. Entonces, si la realidad es indisociable de
un imaginario social, esto nos sirve para comprender que la dominación
social está inexorablemente atravesada por una significación que es la
que la connaturaliza y por tanto aproblematiza. Pero también nos permite
esclarecer cómo en la posibilidad de transformación de la realidad
social institucionalizada desempeña un papel preponderante el
cuestionamiento de las significaciones imaginarias solidificadas
socialmente y la apertura a significaciones alternativas a las
establecidas. Reconocer que la realidad carece de una materialidad
objetiva es lo que, precisamente, permite descubrir que el acatamiento del
orden social o su cuestionamiento pasa por la utilización del imaginario
social para mantener o en su caso deslegitimar una realidad social
investida del rango de invulnerable certidumbre para los individuos. De
ahí la necesidad de hacer justicia a los aspectos ideales y
representativos de lo social, minusvalorados por la ontología
materialista propugnada en su momento por el marxismo. Si la realidad
puede potencialmente presentar una múltiple y plástica gama de
interpretaciones significativas, la manera a través de la cual los
individuos asuman ésta vendrá dada por la instrumentalización de un
determinado imaginario social por los detentadores del poder. Por eso,
carece de utilidad una versión de la teoría de la ideología de corte
epistemológico que examine lo imaginario en términos de verdad/falsedad
al modo marxiano, ya que lo real, como hemos señalado anteriormente,
está intrínsecamente impregnado de por sí de imaginario. Por el
contrario, lo que se trataría de evaluar ideológicamente es la
interrelación del tipo específico de realidad institucionalizado como
evidencia social por el imaginario social con las relaciones de poder e
intereses existentes en el seno de una sociedad. Con lo que, de esta
manera, trasladamos la focalización de la crítica ideológica desde lo
estrictamente epistemológico a lo pragmático.
Al liberarse lo imaginario de su simplificadora identificación con una
falsa conciencia ideológica, puede llegar a reconocérsele una capacidad
para alumbrar e instaurar una realidad alternativa a la socialmente
instituida. Lo real, a través de lo imaginario, se proyecta así en
expectativa, por eso lo imaginario se convierte en un desafío a una
clausurada realidad. Aquí recobra toda su vitalidad la acepción de
utopía propuesta por Ernst Bloch o Michel Maffesoli. Lo imaginario, por
tanto, no es sinónimo de alienación sino fuente potencial de
trascendencia de lo establecido, movilizador de una petrificada realidad
que busca su superación. Utopía e imaginario transitan el mismo espacio:
el del ensueño insatisfecho con lo establecido. Utopía, pues, concebida
como permanente e inacabado cuestionamiento de lo real, desprovista por
tanto de una unidireccional teleología histórica que fije una meta a
alcanzar. Esta recuperación podríamos decir que deslegitimadora de lo
imaginario, enfrentada diametralmente a su consideración como falsa
conciencia, es lo que, inintencionadamente, nos acerca al marxismo
contemplado como utopía en constante proceso de autocuestionamiento y nos
aleja así de aquellas formulaciones de éste que, como el caso del
althusserianismo, buscan configurarlo como una verdad científica rígida
y atemporal. Por eso, incurriríamos en una lectura errónea si
llegásemos a interpretar finalmente este trabajo como un radical
enfrentamiento con la teoría marxista buscando su disolución, al
identificarla con una simplificadora suerte de anacronismo histórico. Lo
que nos interesa reavivar propiamente del marxismo es su fecundidad para
movilizar expectativas, y porque no esperanzas, de realidad que no han
visto su actualización. Este es, por otra parte, el indudable punto de
convergencia de una heterogénea constelación de pensadores como Bloch,
Lefebvre, Lefort, Castoriadis o Maffesoli.
Pero lo que no nos debería pasar desapercibido es cómo el imaginario
social consigue anclarse en una experiencia socialmente solidificada. En
este punto, admitiendo la descomposición de las ideologías propias del
siglo XVIII y XIX que buscaban fijar un sentido histórico unidireccional
para las sociedades occidentales, pensamos que los imaginarios sociales
suplen, a modo de metamorfosis, el papel antaño desempeñado por las
ideologías.
En ambos casos, se trataría de erradicar la contingencia, la
indeterminación, recurriendo para ello a una seleccionadora reducción de
posibilidades inscritas de por sí en una compleja realidad. Y subrayamos
el aspecto plural de los imaginarios sociales ya que su ejercicio es
siempre local, inscribiéndose en los diversos contextos en los cuales se
entreteje la cotidianidad. Más que desde una matriz de significación
holística, única y central que dota de homogeneidad a la totalidad
social, habría que pensar la actuación de estos imaginarios desde la
fragmentación y la policontextualidad. Pero siempre, y esto es
fundamental, como construcciones de sentido que son apropiadas e
interiorizadas por los individuos, para así excluir la amenaza de la
incertidumbre. De la misma forma que en su momento la religión se
constituía en fuente y garantía de una integración de sentido para las
sociedades occidentales, de la cual las ideologías no son más que una
diferencial versión secularizada, los imaginarios sociales alimentan
ahora esta inevitable demanda de sentido social. Una vez aceptada la
irremplazable necesidad de un sentido rector que guíe la orientación y
finalidades de una sociedad, y que por otra parte guarda una estrecha
sintonía con la naturaleza del imaginario, los imaginarios sociales
abastecen de este sentido a la vida social. Actuarían en los distintos
plexos a través de los cuales se construye la vida cotidiana, pero
proponiendo una modalidad de sentido ahora sin ultimidad, sin
transcendencia, y por tanto desde una caracterización meramente efímera,
precaria y evanescente. Evidentemente, podría llevarse a cabo un estudio
concreto de actuación de cada imaginario social (o si se quiere
entrecruzamiento de imaginarios) en su campo específico de acción
social, pero esto entrañaría extralimitarnos del marco propiamente
teórico en el que se inscribe este trabajo. No es de extrañar, pues, que
bien pudiéramos considerar a los imaginarios sociales como novedosas
religiones secularizadas. No solamente porque al igual que en otro tiempo
la religión permanecen al margen del espectro de visibilidad social, sino
también porque constituyen el verdadero fundamento que otorga una
plausibilidad y credibilidad a la realidad institucionalizada. He ahí, la
clave para desentrañar un nuevo modo de justificación de la dominación
social. Este símil anteriormente apuntado, por otra parte, es
esclarecedor de la existencia de una singular religiosidad estaríamos
tentados de afirmar profana, difícilmente constreñible o accesible en
términos racionalistas o positivistas.
Pero además del anclaje, es fundamental abordar las vías de
actuación de los imaginarios sociales. Y en este punto, tanto el
desorbitado desarrollo de la cultura mediática como el desplazamiento del
centro de gravedad del capitalismo desde el terreno de la producción al
del consumo son cruciales. Los medios de comunicación de masas producen o
se apropian de determinados imaginarios sociales para crear una
intencionada visualización de la realidad convertida en hegemónica.
Presentan una homogeneizante y aproblematizada definición de la realidad
que impide descubrir su origen como creación social, pero que sin embargo
es aceptada como la realidad por los que asumen estos imaginarios. De ahí
que tratemos de mostrar cómo la legitimidad del orden social en el
capitalismo avanzado descansa en una diseñada producción de realidades
por los mass-media, y esto a través de la interesada utilización de
imaginarios sociales difuminados por todo el entramado social. Como la
impronta que nos marcamos en este trabajo es fundamentalmente teórica,
nos hemos resistido a analizar los medios concretos de utilización de
estos imaginarios por la industria mediática así como el consiguiente
consumo de realidades por parte de los distintos sectores o estratos
sociales, que bien podría ser objeto de sucesivas investigaciones pero en
este caso de una dimensión empírica.
De cualquier modo, pensamos que esto supondría, inevitablemente, una
revisión del tradicional esquema marxista-althusseriano que confía a los
Aparatos ideológicos del estado (especialmente el familiar y sobre todo
el educativo) la función de reproducir el orden social a través de la
difusión de una compacta ideología dominante, de un conjunto de
creencias y valores que interiorizados por los sujetos implicarían la
fijación de éstos a un papel determinado en la estructura social. Así,
desde el marco teórico suscitado a partir del imaginario social, las
relaciones de producción, pueden ser perfectamente reproducibles sin un
acatamiento normativo institucionalizado y consensual. Entonces, la
indiferencia anómica ante lo social es perfectamente funcional, al
contrario de lo que pensaba Althusser, al ejercicio de la legitimación en
el capitalismo tardío, puesto que no provoca un conflictivo desafío a la
organización global de la sociedad. De manera que, en lo esencial, lo que
pasaría desapercibido al estructuralismo althusseriano es la
trascendental función desempeñada por los medios de comunicación en
cuanto creadores de realidades y su ligazón con la dinámica estructural
del capitalismo avanzado en las últimas décadas. La cultura de la imagen
dominante en las sociedades actuales, pero en la que un flujo de imágenes
remite siempre a un imaginario subyacente que desde la invisibilidad les
confiere un sentido, es así determinante para comprender un nuevo modo de
legitimación del orden social. Contemplada de este modo, la reproducción
de las relaciones sociales constituidas pasa necesariamente por los
distintos ámbitos en los que se entreteje la cotidianidad. No está
ceñida exclusivamente a la actuación de prácticas institucionales
concretas ligadas a los aparatos ideológicos estatales, tal como
sostenía Althusser, ya que se dirime en los diferentes espacios sociales
en los que se configura la red de la vida cotidiana. Estos espacios, al
ser colonizados por una compleja trama de imaginarios sociales, consiguen
dotar de una intencionada y sólida significación a la experiencia social
de los individuos, perpetuando así las relaciones sociales existentes.
Por tanto, a la hora de garantizar el orden social, la función de los
aparatos ideológicos parece declinar para dar paso a una interesada
construcción de definiciones plausibles de realidad por parte de los mass-media,
que además excluiría otras posibles definiciones de realidad
alternativas a la instituida.
Para concluir, es preciso subrayar que el diálogo crítico con la
teoría de la ideología marxista desde el marco teórico del imaginario
social, objetivo de este trabajo, no persigue consolidarse como programa
teórico cerrado. Solamente intenta poner de relieve la necesidad de
reformular la ontología materialista y objetivista del marxismo, así
como ciertos rasgos característicos de su epistemología, para llegar a
alcanzar una mejor comprensión de la naturaleza de la realidad social y
los aspectos de ésta vinculados a la dominación. Sugiere la exigencia de
un cambio de perspectiva ontológica y epistemológica que nos permita
descifrar cómo los individuos aceptan con resignación la realidad social
institucionalizada como única realidad posible. Al mismo tiempo, nos
propone que el cuestionamiento de ésta pasa necesariamente por la
facultad que posee lo imaginario para edificar y plasmar posibilidades que
no están acogidas en la realidad establecida, socavando así la
reduccionista identificación de lo aceptado como real con lo existente.
Por eso, la crítica ideológica inducida a raíz del descubrimiento de la
noción de imaginario social se encuentra inevitablemente impedida para la
formulación de una verdad cerrada y concluida, para la propuesta de una
definitiva verdad como antítesis frontal de la ideología. Unicamente
busca cuestionar una aproblematizada significación de la realidad al
servicio de la dominación, pero percatándose de la imposibilidad de
ofertar como contrapartida una única interpretación de lo real erigida
en la verdadera, ya que ello entrañaría el excluir otras
interpretaciones también plausibles. En suma, maneja la negación más
que la afirmación.
Una vez desglosado el propósito general de esta investigación, cabe
indicar cómo a raíz de ella se nos incita a una inevitable prolongación
ahora de tipo metodológico a la que no aquí podemos dejar de aludir, y
desde la que responder a la siguiente interrogante: ¿Como podemos acceder
a lo que no se ve, pero determina siempre lo que vemos? ¿Como hacer
visualizable el imaginario social?. Como es obvio, esta tarea, a la cual
emplazamos, extralimitaría ya los objetivos que nos habíamos fijado
apriori en este trabajo.
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